UNA CUENCA DEL MUNDO
 
El Caribe, norte y sur entremezclados

 

El Caribe no se deja perfilar con facilidad, ni de un plumazo, ni con una frase. La complejidad aparece ya en su misma delimitación. No tiene fronteras políticas intrínsecas, es sobre todo el resultado de casi cinco siglos de historia, de conquistas políticas, de colonización, de migraciones forzadas o voluntarias, de sistemas económicas y de relaciones al mundo. Es una sutil mezcla de fragmentación y coherencia.

De las Antillas a la cuenca Caribe

Las grandes Antillas, es decir las islas del norte, principalmente Cuba e La Española, y las pequeñas Antillas forman un primer conjunto, tendríamos la tentación de decir que es el corazón de este Caribe, si esta metáfora no amenazara con introducir otro significado. Se extiende el archipiélago en casi 4000 kilómetros de largo y reúne las dos masas continentales de América. En el sur, la Boca de la Serpiente no pasa de los 20 kilómetros de ancho entre Trinidad y las costas de Venezuela. En el norte, el cabo San Antonio en Cuba está a 200 kilómetros del Yucatán mexicano, la misma distancia existe entre las costas cubanas y Florida, y hasta menos entre las Bahamas y Palm Beach. ¡Un auténtico puente! Las Antillas se encajan en una primera cuenca cuyos límites son las costas de Venezuela, Panamá, la península del Yucatán y al norte, la punta de Florida. Este conjunto se puede extender hacia una segunda cuenca, más amplia, que integra el golfo de México y el litoral de Texas. Estos tres conjuntos con sus matices y diferencias pertenecen todos al Caribe. Constituyen el Caribe contemporáneo.

Al buscar los límites del Caribe, hemos hablado primero de las tierras, pero este conjunto no tiene existencia sin referencia al mar. Las tierras no son más que islas y costas. El Caribe es ante todo mar: 430 000 km2 de una extensión líquida si se toma en cuenta el mar Caribe y el golfo de México.

Del mar procede la historia del Caribe, desde su entrada en el mundo conocido a fines del siglo XV, hasta su integración en la economía europea y luego internacional. Primeras tierras descubiertas por Cristóbal Colon, las Antillas se transformaron en islas de las especias y del azúcar, fuentes de notables riquezas para el imperio español, y más tarde para los reinos de Francia e Inglaterra. La opinión admirativa de Oviedo, autor de la primera historia de las Antillas, que subrayaba en 1546: “Este bien precioso garantiza altos beneficios. No hay isla, ni reino cristiano o pagano que puedan ofrecer algo comparable a aquella industria del azúcar” valdrá para casi tres siglos de relaciones entre las Antillas y las potencias europeas. Fue por aquellas especias y azúcar que dichas potencias no cesaron de reñir por islas, islotes y estrechos, y que se desarrolló la odiosa trata de esclavos para las plantaciones de azúcar.

El avance de las técnicas de navegación (timón de codaste y vela móvil) y el dominio de las corrientes y vientos por los navegadores hicieron del Nuevo Mundo, ya desde el descubrimiento, una “lejanía” que se alcanzaba con más facilidad que el sur de África. Durante el viaje de ida, los alisios, y para la vuelta por la ruta del norte, las corrientes y luego “Los Westerlies”, vientos que llevan a las Azores. Durante el siglo XVIII, las naves inglesas tardaban 18 días para recorrer los 2300 km desde Plymouth hasta Madeira, y solo 27 días para los 5000 km desde Madeira hasta las pequeñas Antillas. “Lejanía más cerca”, el Caribe fue una periferia muy vinculada a los centros, y así quedará para largo tiempo. Todavía hoy es “una lejanía más cerca” como destino turístico que entraña las ilusiones de las grandes metrópolis del norte durante los fríos invernales, o para los viajes más cómodos de las familias que tienen parientes emigrados en París, Londres, Nueva York y Ámsterdam.

Un mosaico

El Caribe es un mosaico. Mosaico de islas y estados con extensiones muy diversas. El archipiélago cuenta con 44 islas y 24 entidades políticas. Cuba con sus 110 860 km2 es, y de lejos, la más extensa; y también en Cuba está la ciudad más importante, La Habana que alardea de sus 2,4 millones de habitantes al igual que Santo Domingo en la República Dominicana. Al contrario Anguila, la isla más pequeña del archipiélago es una isla estado al oeste de Puerto Rico que cuenta con solo 12 000 habitantes y 800 para la capital, La Vallee. Este contraste es uno de los aspectos de la diversidad caribeña. Entre estos dos extremos, numerosas entidades dejan aparecer todo el espectro de extensiones, recursos, construcciones y estatutos políticos.

La antigua La Española, la riquísima Santo Domingo, la colonia de los siglos XVII/XVIII, sede de la rebelión de 1791 y de la primera independencia del Caribe inspirada por Toussaint Louverture, es una isla con dos estados: Haití y la República Dominicana. En el Caribe, Haití es el país donde la miseria de la población y la decrepitud de todas las instituciones son las más grandes y lamentables.

Hay islas que forman una entidad política única, tal como la extensa Cuba, pero también las pequeñas Santa Lucía, Dominica o Barbados. Hay estados bi-insulares: Trinidad y Tobago, San Cristóbal y Nieves, Antigua y Barbuda. Hay archipiélagos que pertenecen a una entidad única como las Bahamas, otros parcelados como las islas Vírgenes, unas que dependen de los Estados Unidos y otras del Reino unido. También hay islas que dependen totalmente de una metrópoli europea, tal es el caso de Martinica y Guadalupe vinculados a Francia, pero también el de las islas Caimán, de MonTserrat, de Bonaire, y Curazao.

Es también el Caribe un mosaico de poblaciones. El archipiélago tiene en totalidad al rededor de 38 millones de habitantes. Con un enfoque más amplió sobre la cuenca, únicamente se puede tomar en cuenta la franja costera de los tres grandes estados continentales: México, Colombia y Venezuela, y más aún los Estados Unidos, pero pesan notablemente: la sola ciudad de Miami cuenta con 362 000 habitantes y su zona urbana con 2,3 millones.

En el archipiélago, Cuba ocupa, una vez más, el primer puesto con más de 11 millones de habitantes, seguido por la República Dominicana con 9 millones y Haití con 7 millones. Generalmente, existe un gran contraste entre las grandes Antillas donde la referencia es el millón de habitantes y las pequeñas Antillas donde es el centenar de miles. Trinidad es la única isla que sobrepasa el millón de habitantes en las pequeñas Antillas, Barbados tiene 275 000, Santa Lucía 156 000, etc. Martinica y Guadalupe con 400 000 habitantes se encuentran entre las más importantes.

A las disparidades de tamaño conviene añadir el mosaico de idiomas y religión. Se estima que el español es el idioma dominante para 23 millones de caribeños, el inglés para 10 millones y el francés para 5 millones. Las lenguas criollas tienen una presencia fuerte para casi 8 millones de habitantes, y a dúo con otro idioma para muchos más. Se evalúa el número de católicos a 19 millones, a 10 millones el de protestantes y 3 millones el de las demás religiones.

El crisol de este mosaico tiene su origen en las diferentes colonizaciones que perduraron durante casi tres siglos -con una forma social y cultural diferente para cada una-, en las emancipaciones que también tomaron caminos diferentes y en las relaciones entre las entidades de la cuenca y las antiguas metrópolis así como con la gran potencia norteamericana.

El antropólogo D.J. Crowley decía de Trinidad: “un habitante de Trinidad no percibe contradicción alguna en ser ciudadano británico, de piel negra, con un apellido español, católico y practicando en privado la magiá africana, almorzar como un hindú y cenar como un chino”. Antes de la hora de la globalización, el mosaico caribeño conducía a la criollización a través de múltiples variaciones.

Las transformaciones económicas, de la agricultura a los canales financieros

Las agriculturas del Caribe están en una fase de transformación. Durante más de tres siglos, los países del Caribe contribuyeron a suministrar Europa en productos exóticos. Si las cantidades de especias expedidas siempre fueron limitadas, el valor en el mercado de los productos generó notables beneficios. La nuez moscada, la canela y sobre todo el cacao hicieron soñar y ante todo aportaron una sensibilidad gustativa a ciertos platos. Pero el Caribe fue, sobre todo, una zona de producción de azúcar, de algodón y de tabaco, en compañía del índigo que servía para teñir los tejidos, y del plátano en el siglo XX. Eran todos éstos grandes cultivos para la exportación. Así se mantienen hoy: los países del Caribe todavía son importantes proveedores de los mercados internacionales. A pesar de las pequeñas superficies (excepto México) las entidades se sitúan bastante bien en la clasificación mundial para algunos productos. Tres estados se sitúan en los diez primeros productores de café (8 en los 20 primeros) incluso Guatemala a pesar de 30 años de guerra civil.

Desde los años 1930, el plátano es el producto que tomó el relevo de los grandes cultivos de exportación. Las multinacionales como la United Fruit Company o la United Brands se instalaron en los grandes áreas planos de los estados de Centroamérica que bordean el mar Caribe, reactivando los pequeños puertos declinantes de la costa como Porto Bello y sobre todo Puerto Limón así como La Ceiba y Puerto Cortés. Al mismo tiempo introdujeron una competencia feroz entre las diversas entidades de la región que nunca pudieron dar forma a un verdadero frente común. Las islas y sobre todo las pequeñas Antillas no pueden resistir el precio muy bajo de los «plátanos-dólar» como los llaman. Durante muchos años las producciones de Martinica, Guadalupe así como las de las islas que firmaron el convenio de Lomé, obtuvieron subvenciones y cuotas en los mercados de la Unión Europea que les protegía parcialmente de la competencia. Desde el 1º de enero de 2006, la Organización Mundial del Comercio impuso el cese de las ayudas y cupos. Para sobrevivir, la producción de plátanos procediendo de las Antillas debe apoyarse en la calidad y la originalidad. Ya en Guadalupe y Martinica varios miles de productores han desaparecido.

En paralelo con estas dificultades, conocen las agriculturas caribeñas profundas transformaciones. Lo sorprendente es el aumento de las producciones frutales y hortícolas. La producción frutal ya data de 15 años con la llegada en masa de los cítricos de Cuba o de la República Dominicana en los mercados de la región. Hoy, frutas «más exóticas» como las «manzanas de agua» (Syzygium malaccense) comercializadas por las islas pequeñas como Santa Lucía o Dominica, atraen a los japoneses. La mayor parte de las entidades consiguieron transformar sus producciones frutales en zumo o en elementos complementarios para los productos lacteados. Por otra parte, como prueba del aumento de los niveles de vida, las producciones hortícolas invaden los mercados: desde el frijol negro o colorado que podría ser el símbolo de la unidad regional como lo es el aceite de oliva para el Mediterráneo, hasta el tomate, pasando por la llegada de la berenjena, del pimiento y de los demás raíces más habituales en las costumbres alimenticias, todo demuestra los esfuerzos para un abastecimiento diversificado y abundante de los mercados interiores. La República Dominicana como Cuba, Colombia y Venezuela están en primera línea de esta transformación agrícola.

Hoy centran los esfuerzos en la valorización de estos productos por la industria agroalimentaria: fábrica de conservas y sobre todo industria de transformación en productos ultra congelados pre-cocidos que consumen con frecuencia las diásporas caribeñas de Europa y Norte América (batatas, ñames, palmitos, guisantes de Angola, papayas).

Sin duda, el medio rural sigue todavía con retraso, pero tras el fracaso de las reformas agrarias iniciadas al salir de la segunda guerra mundial y proseguidas hasta la vuelta de los años 1980, las comunidades campesinas se adaptaron e innovaron. Muchas veces estas transformaciones se produjeron a partir de las crisis y de la migración. Valiéndose de la diversificación, las comunidades campesinas intentan y a veces consiguen crear de nuevo las “tierras de especias” de los siglos XVII y XVIII a través de “nichos agrícolas” e importantes producciones para satisfacer los mercados mundiales cada día más exigentes.

Una situación nueva aparece en los sectores de las materias primas y de la energía. Durante tiempo, la cuenca caribeña aparecía desprovista de riquezas mineras y energéticas. La historia de la colonización intensificó aquella imagen de tierras con poca capacidad de industrialización. Las metrópolis coloniales tenían interés en mantener salidas para sus propios productos.

Además, las islas tenían en muchos casos un tamaño demasiado reducido para una economía a nivel mundial. La evolución durante los últimos años contribuye a modificar esta imagen. La importante posición de Jamaica en la bauxita (3º puesto mundial) aparece como una excepción. Si desde los años 30 la producción de hidrocarburos de Venezuela, alrededor del golfo de Maracaibo es conocida, las de Trinidad y Tobago y de México, más recientes, permitieron crear potentes industrias de refinado. Las islas neerlandesas aprovecharon la estrategia de las compañías norteamericanas que temían la influencia de Venezuela.

Hoy, la extensión del área de perforaciones suscitan promesas, tanto en las aguas de Cuba, prolongación del Yucatán mexicano, como en la parte central del istmo. En muchos aspectos, estas promesas energéticas pueden reanimar las tensiones con el fin de apoderarse de islotes, entre Guatemala que sólo tiene un estrecho acceso al mar Caribe y, sin embargo extrae un poco más de un millón de toneladas de petróleo, y Honduras. El encarecimiento del precio del barril de petróleo favorece los estados productores, les pone en posición de fuerza para negociar los contratos con las compañías. El ejemplo de Venezuela es característico de estas nuevas relaciones. Renegoció los contratos de “joint venture” para quedar, de este modo, mayoritario en las sociedades que explotan los yacimientos en el este del país.

Con el aumento de las capacidades financieras se multiplican los proyectos que pretenden industrializar (ya es el caso de la potente siderurgia de Trinidad que es propiedad de MittalSteel, empresa de la que se habló mucho al principio del año 2006), erradicar la pobreza o desarrollar la cooperación en el Caribe. Por otra parte, estos datos contribuyen más o menos a desprestigiar Trinidad en su papel de líder de las pequeñas Antillas, y así modificar la geopolítica de la región.

Igualmente, la importante demanda de materias primas de China e India permite valorizar recursos como la bauxita cuyo índice progresó de 100 en 2000 a 145 en 2004, y el níquel que siguió una progresión aún más fuerte (del índice 100 al índice 170). Tanto Jamaica como Cuba o Surinam (6º y 9º puestos para el níquel) sacan nuevos recursos de esta situación. En este contexto, el hierro y el carbón colombianos también tienen cierto interés.

Globalmente, algunos estados del Caribe salen adelante mejor que otros, y hasta han conseguido reducir su deuda externa bruta de 30 a 40% en cuatro años.

Además de la industrialización antigua de Puerto Rico, estado asociado a los Estados Unidos que aprovechó las inversiones después de la segunda guerra mundial, este fenómeno nació en México ya en los años 1970, y desde entonces ha incrementado.

En primer lugar, las maquiladoras se desplazaron en el mismo interior de México hacia el Yucatán donde se instalaban las empresas en las pequeñas ciudades del interior (Villa Hermosa, Palenque) y luego hacia los estados del istmo. A medida que acababan las guerras civiles y que las necesidades de reconstrucción eran obvias, las diferencias de nivel de vida se hacían más interesantes en los países con poblaciones agotadas y por consiguiente más sumisas (ver el ejemplo de Honduras y Nicaragua).

En paralelo, se expandieron las zonas francas (territorios en los que aplican escasamente las leyes sociales y los impuestos). La mayor queda la de Colón en Panamá, pero la República Dominicana presenta más de una veintena en la totalidad de su territorio. Si los tejidos fueron la primera producción como siempre al principio, las cosas han cambiado mucho: permanece el textil pero cada día más orientado hacia la confección (del 30 al 40% de estas producciones se exportan hacia los Estados Unidos), además de este sector la industria de la electrónica y de la informática se ha implantado por ejemplo en Costa Rica y Nicaragua.

Hoy, la competencia asiática, más barata, pone este sistema en peligro. Más que en los potentes países desarrollados del norte, los estados de la cuenca Caribe temen las deslocalizaciones en un tiempo en que los esfuerzos para mejorar el nivel de vida de las poblaciones empezaban a ser rentables.

En los últimos decenios, la región Caribe se especializado en acoger los capitales y el tránsito de los flujos financieros. Las islas colectoras no tenían muchas exigencias en cuanto a la procedencia de los capitales. Las primeras en lanzar el movimiento fueron las Bahamas, seguidas por las pequeñas islas Caimán y las islas Turcas y Caicos. Estas islas continuaban, bajo otra forma, la antigua tradición de piratería y filibusterismo. Así se constituyeron economías que se pueden calificar de paralelas. Siguen idénticas las formas, a pesar de la profunda modificación de la apariencia. Gozan de notoriedad los bancos, entidades o sociedades que gestionan estas masas financieras generadas por la globalización. Los edificios que los sirven de sedes son señoriales y son factores de respetabilidad.

Miami queda como la capital de estos flujos de todo tipo (más de 1000 mil millones de dólares), pero todas las demás plazas sacan provecho de dicho dinero, incluso las más recientes como Granada, San Vicente y con menos importancia Dominica, a pesar de que es difícil estimar la cuantía en tránsito, algunos economistas piensan que las cantidades que transitan acercan los 2500 mil millones de dólares.

Los capitales son re-investidos con frecuencia en el sector inmobiliario, en el turismo, en los casinos como en San Martín o en el comercio de lujo. En las pequeñas entidades insulares de pocos recursos, tienen consecuencias en el empleo (más de 300 empleos directos en Granada), y hasta en otras actividades como la innovación agroalimentaria en Dominica. Además como estas actividades vehiculan el mito de lo prohibido, de cierto modo fomentan el turismo: 334 000 turistas para 29 000 habitantes en las islas Caimán.

Del Norte y del Sur

En oposición a muchas ideas preconcebidas que pintan al norte de las grandes Antillas y a lo largo de la frontera de México/Estados Unidos una simple línea de partición entre los países desarrollados del norte y los del sur, la situación es más compleja de lo que parece a primera vista.

La mayoría de los índices que componen el IDH, sitúan la región o en la media de los países desarrollados o en los países calificados de “desarrollo medio”. Entre las 37 entidades que forman la región, 20 tienen un IDH superior a 0,800 situándose así entre los más desarrollados. Hay que añadir, para matizar, que 12 de ellas son territorios que dependen de una potencia exterior. Sin embargo, 16 países figuran en esta categoría de los países de desarrollo medio (índice > 0,650) en la que sólo falta la desolada Haití.

En todos los países aseguran las primeras necesidades: alimentos, y como visto ya, las agriculturas no se conforman con suministrar los productos bases (cereales, yuca o raíces tal como el ñame) sino que facilitan una diversificación de los alimentos (frutas y verduras) y aportan cada vez más proteínas animales.

La sanidad y la educación son prioridades en casi todos los países. Lo que sin duda explica los bajos índices de mortalidad infantil (= o < al 10%) y una alta esperanza de vida (14 entidades tienen una esperanza de vida superior a los 75 años, y 27 superior a los 70 años). Por ejemplo, Cuba protege mejor la vida desde el nacimiento que los Estados Unidos y los iguala en lo que se refiere a la esperanza de vida.

Desde hace mucho, las poblaciones del Caribe hicieron de la escolarización y la educación los pilares de la emancipación, lo que probablemente viene relacionado con la dolorosa historia de la esclavitud. Las tasas de alfabetización oscilan entre 90 y 100% en casi todas partes, y el índice de alfabetización de los adultos revela la antigüedad de esta preocupación (en todos los países índices superiores al 70%, excepto en Haití).

Una isla como Cuba puede permitirse, en los acuerdos de cooperación con Venezuela, cambiar el envío de 20 000 médicos, personales paramédicos, educacionistas, contra petróleo. Durante mucho tiempo, se ha pretendido que aquella medicina y sus ejucutivos no tenían capacidad alguna, sin embargo un flujo regular de personas de alto nivel de vida se estira delante de las puertas de las clínicas de La Habana especializadas en oftalmología. Los cuidados son más baratos y tan adelantados como en los países desarrollados.

Los PIB/habitante muestran las dificultades y fragilidades de la región. Las variaciones son importantes, de 1 a 30, pero sólo de 1 a 20 si se excluye Haití que es un caso excepcional; no obstante, son iguales a los que se constatan en el viejo continente. Las islas Caimán tienen el PIB/habitante más alto y Nicaragua el más bajo. Es necesario, sin embargo, no fiarse en estadísticas a partir de fuentes que se suponen idénticas pero que presentan variaciones importantes (desde uno a dos).

Este bajo nivel manifiesta la pobreza que se encuentra primero en las ciudades que estallaron durante estos últimos cincuenta años como en muchos otros lugares del mundo. Los barrios insalubres, muchas veces ilegales, se han multiplicado y han conquistado tanto las empinadas pendientes de los cerros cercanos, tal como las “barriadas” de Caracas o de Kingston, como las anchas superficies pantanosas de los llanos litorales calificados de “manglares urbanas” por un geógrafo que aludía a la realidad del medio físico en el que se edificaron estas viviendas.

Estas zonas no conocen mucho el agua corriente ni la evacuación de las aguas residuales, tienen un aspecto de obras permanentes siempre en actividad. Trazan las vías de acceso y de despeje a medida que se apoderan del espacio. Se ven estas zonas en la periferia de Santo Domingo como en la de Puerto España en Trinidad o en la de Managua. Las barriadas auténticas tal como la mal llamada Cite Soleil de Puerto Príncipe en Haití son escasos. También la pobreza salta a la vista en los campos donde todavía hoy se alinean las cabañas de madera y chapa ondulada, rústicas y sometidas a la violencia de los avatares del clima.

A pesar de las disparidades que perduran de una isla a otra, de la rica Martinica a la pobre Dominica, de un estado a otro, de Costa Rica que crece a Guatemala o Honduras que recuperan a duras penas después de 20 años de guerras civiles, los esfuerzos para mejorar la vida de las poblaciones son muy reales. La cuenca Caribe aparece como una zona intermediaria que aprovecha la proximidad geográfica de los norteamericanos y de los europeos y los vínculos históricos que todavía existen.

Pero, pertenecer al norte o al sur es sobretodo sentirse como pertenecer a un mundo particular, y los caribeños se sienten como habitantes de los países del sur, aun si los indicios son más bien imprecisos

Una producción cultural rica y mestizada

En su relación al mundo, el Caribe muestra una característica propia: es una importante productora de cultura. Teniendo en cuenta la importancia de su población, genera en proporción mucho más productos culturales que otras regiones del mundo. Varios premios Nobel de literatura y otros autores prestigiosos escribieron y siguen escribiendo en las orillas de la cuenca Caribe.

La pintura haitiana ganó un prestigio internacional a mediados del siglo XX, y sigue expuesta en numerosas galerías de arte europeas y norteamericanas. Es el líder afamado de un arte pictórico que crece en sus pasos en otras islas del archipiélago antillano.

Es sin duda la música la producción cultural con más popularidad en la cuenca y la más conocida en todo el mundo. Bien revela una identidad que se construye tanto en la especificidad de territorios pequeños con sus herencias culturales como en su difusión internacional mediante la reescritura por una diáspora numerosa en las grandes metrópolis del norte, y también en el contacto con las culturas y los mercados de los países desarrollados.

Antes, biguine y rumba ya mezclaban las aportaciones europeas y africanas en las creaciones locales. El mestizaje creativo extrae sin cesar de las herencias, al tiempo que produce lo nuevo permanentemente. Uno de los más recientes instrumentos de música es fruto de aquellos contactos: el “steel drum” surgió en la post-guerra de un bidón de gasolina martilleado en los suburbios de Trinidad. Ska, calipso, zouk, salsa, reggae, kompa, merengue aparecieron a su turno.

El oído descubre melodías parecidas pero cada música, que muchas veces procede de una isla particular, tiene su especificidad. Es, más o menos, la realidad de toda la producción cultural. Del mosaico emergen especificidades pero el conjunto tiene rasgos comunes.

Mediterráneo americano

El Caribe es un mediterráneo americano. Mediterráneo no es solo una metáfora, es un concepto que resulta de la dinámica de los territorios. Así como su homólogo histórico y epónimo, contiene, como lo decía Braudel "pequeños mundos cada uno con sus características, sus tipos de naves, sus costumbres", al mismo tiempo que su relativo encerramiento hace que se organiza la vida de la región frente a él y alrededor de él.

Es un mediterráneo, pero también es mare nostrum de la gran potencia norteamericana. Lo fue desde el nacimiento de los Estados Unidos: a lo largo de una historia fracasada en la derrota, los estados del sur habían pensado en una federación que integraba la totalidad del Caribe. Durante el siglo XIX hicieron varias tentativas de comprar la isla de Cuba. Hoy, aun si existen oposiciones e intentos de una organización autónoma, la potencia tutelar sigue muy presente y a veces apremiante.

Un mediterráneo es también el contacto entre culturas y niveles de desarrollo diferentes. En este aspecto, el Caribe es también un mediterráneo, sin embargo la complejidad introducida por el siglo XX dejó sus huellas: el Norte codea con el Sur en el mismo interior de la región, y los flujos de poblaciones, de cultura, ponen en contacto frecuente y acrecentado el Caribe y los países del norte. Un mediterráneo contemporáneo.

Autores : Monique Bégot, Pascal Buleon
Traducción :  : Alfred Regy

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