UNA CUENCA DEL MUNDO
 
De una edad a otra

 

Dereck Walcott, Gabriel García Márquez, Saint John Perse, Arthur Lewis, Oscar Arias Sánchez, V.S. Naipaul, recibieron todos el premio Nobel, de literatura, de economía o de la paz. De Cartagena a Castries, todos escribieron a orillas del mar Caribe. No son voces marginadas ni escritores aislados. Fueron galardonados, ellos, primeros entre pares, entre autores de considerable prestigio que no siempre fueron premiados como se lo merecían: Lafcadio Hearn, Aimé Césaire, Édouard Glissant, Patrick Chamoiseau, Raphaël Confiant, Alejo Carpentier, José Martí, Nicolás Guillén, Bob Marley, Claude Mac Kay y Jacques Roumain, cuyas recias voces llegaron a los intelectuales del ancho mundo.

Ya no se cuentan las exposiciones dedicadas a la pintura haitiana y a sus distintas escuelas en las principales galerías de Europa o de América del Norte. En Londres, París o Nueva York, se baila y se vibra al son de las músicas del Caribe. Hoy están de moda el son y la salsa de Cuba, otro día es el reggae de Jamaica y otro, el zouk de las Antillas o el calypso que sustituyeron a la beguine y a la rumba. La producción cultural procedente de la cuenca del Caribe es abundante y muy viva. Más rica y variada de lo que se pudiera imaginar por la escasa superficie y el reducido número de habitantes de la región. Su empuje es el brioso producto del mestizaje y de los aportes foráneos. Su gestación solo duró cuatro siglos, poco tiempo comparado con lo que pasó en otras partes del mundo. La combinación histórica específica de varias sociedades insulares entre sí, le dio identidad propia. En las islas del arco del Caribe, grandes o pequeñas, las características comunes son lo bastante fuertes como para inducir un conocimiento y un reconocimiento mutuo en el que se mezclan lenguas (criollo y lenguas internacionales), fragmentos de historia, relaciones compartidas, hábitos sociales y culturales parecidos. La identidad que se fraguó es más fuerte en las islas que en los bordes de la cuenca caribeña donde imperan lógicas continentales.

Esta producción cultural, que se fragua en el molde histórico y espacial contemporáneo, se consume localmente, pero también se exporta con mucho éxito. La tendencia actual es consumir localmente, hábito incipiente algunos decenios atrás y hoy generalizado. La música es, sin duda alguna, el producto cultural con mayor difusión en la cuenca, muy por delante de la literatura e incluso de la pintura. El consumo de productos culturales, en el Caribe, participa de una dialéctica que aúna la manifestación de un sentir Caribe y el sentimiento pertenecer a una misma familia. Sin embargo, resultaría demasiado reductor imaginar que esta producción cultural es únicamente endógena, creada sólo en las islas por y para sus habitantes. Es, al mismo tiempo caribeña y foránea, está en el Caribe y fuera del Caribe.

Desde los años 1950-1960, la comunidad antillana de Paris, la jamaicana de Londres, la puertorriqueña y la cubana de Nueva York y Miami, han difundido y amplificado extraordinariamente la producción cultural Caribe, sin dejar de producir también para uso propio y en función de sus gustos particulares. Así se originó una nueva mezcla, una nueva criollización con las sociedades urbanas de las grandes ciudades de los países industriales donde vivían. Buscaban sus raíces, satisfacían nuevos gustos, nuevas aspiraciones y una estética nueva. Este puente cultural, contemporáneo de las grandes migraciones hacia los centros urbanos importantes y de los frecuentes desplazamientos facilitados por el transporte aéreo, sentó las condiciones necesarias para que esta producción cultural sea muy popular en Europa y en América del Norte, al tiempo que se iba desarrollando en el Caribe. Este empuje se plasma en términos de apertura, de contactos múltiples y también de mercados, de ingresos y de puestos de trabajo. La era contemporánea alumbró un nuevo recurso, el producto cultural.

Este empuje va más allá de la simple ampliación cuantitativa de un mercado para una producción realizada en el Caribe o en sus avanzadillas de la diáspora. Se confunde a veces con la génesis de la producción cultural. De todas las pinturas del Caribe, la pintura haitiana es sin duda alguna la más conocida y la más emblemática. Se pueden diferenciar las escuelas y los estilos y ya tiene sus maestros. El pueblo llano de Haití, tan vapuleado, se reconoce en ella. Los habitantes de las otras islas reconocen también escenas y paisajes familiares. La pintura de Préfète Duffaut, de Hector Hyppolite o de Petion Savain es muy cotizada en las subastas de Nueva York, París o Londres. No se sabe bastante que los pintores de renombre y las escuelas, si bien hunden sus raíces y su inspiración en un arte popular con varios decenios de antigüedad, en algunas academias del siglo XIX y en el mecenazgo del rey Christophe, se crearon y se estructuraron en su forma actual, a raíz de sus contactos con el ancho mundo.

El Caribe no ha acabado todavía de crearse a través del ancho mundo y gracias a él. Lo que fue causa de su desgracia, de su génesis y de su maldición fue también y sigue siendo origen de su buena fortuna. El centro de arte de Puerto Príncipe, creado por Dewitt Peters en 1944 dio el primer impulso a la pintura haitiana contemporánea. Luego, las élites intelectuales francesas y americanas la auparon a la fama y le dieron su apoyo. El Centro de arte no creó a los pintores, pero fue estímulo y apoyo para los nuevos talentos. Las diferencias –puesto que la originalidad se construye por el contacto con los grandes mercados del arte–, crearon, «fabricaron» la identidad pictórica y cultural. Esta «fábrica» continúa con el proceso y reinterpreta su herencia reciente para crear más identidad.

Los recursos que brinda la cultura contemporánea comparten con los antiguos yacimientos de recursos el carácter extravertido. En estos últimos, sin embargo, la extraversión era esencial e hipertrofiada. Es el meollo del sistema, es fruto de la geografía y de la historia. La situación espacial y económica ha tenido dos consecuencias: en primer lugar que permanezca en la economía regional el aspecto extravertido, a pesar de las nuevas modalidades, de los cambios acaecidos en las relaciones sociales, en la política, en los estatutos, y en los productos, y en segundo lugar que el Caribe se integrara muy pronto en la historia mundial, en las economías globales, en los sistemas intercontinentales. La construcción histórica, política y económica de este «extremo Occidente» se llevó a cabo a través de una representación inmutable: las islas, las Grandes o las Pequeñas Antillas, el Caribe, la fachada marítima del istmo y del continente, son, por antonomasia, el lugar lejano más cercano al Viejo Mundo. Esta característica perdura a través de las construcciones históricas y espaciales que se sucedieron en el mundo desde la «invención» de las islas azucareras en el siglo XVI.

El periodo colonial, con la explotación del oro y de la plata, de la esclavitud y del azúcar, es una forma acentuada de la susodicha característica. La era de las especias escasas y caras, en el siglo XVI, trajo sin embargo nuevas cantidades a las mesas y a los mercados europeos, a través de las caravanas y de las expediciones marítimas. Venían de lugares tan remotos que su origen era mítico: Samarcanda, la costa de Malabar, la inaccesible China de Marco Polo y los precios eran exorbitantes. Después de aquella época de las especias y del añil, la introducción de la caña de azúcar y la posterior producción pre industrial del azúcar en una economía esclavista, pusieron al extremo Occidente en el meollo de un capital financiero que se venía constituyendo. Capital privado, de los grandes bancos comerciales europeos, de la corona española, y luego de los reinos de Francia y de Inglaterra. Se han mantenido la condición de destino a la vez lejano y cercano y la extraversión de la economía, pero nunca los recursos del Caribe han sido tan esenciales para las economías dominantes, desde «la edad del azúcar». El papel primordial que desempeñó en la economía, convirtió al Caribe en pretexto de varias guerras, en una pieza fundamental de los tratados, y dio cuerda al detestable y repugnante régimen de esclavitud, que machaca a los hombres para que produzcan valor añadido y riqueza. Una riqueza que no igualaron nunca los otros productos y que fue acumulada e invertida en Europa. Nunca más se volvió a presentar en los mismos términos una misma situación geopolítica. Desde entonces perduran y se transmiten la extraversión, el exotismo y la condición de lugar tan lejano y tan cercano, pero su posicionamiento en la cadena de creación de valor añadido y de capital para las economías metropolitanas nunca volvió a ser tan fundamental como antes.

Esta situación de «lugar lejano tan cercano» caracteriza también el moderno recurso llamado turismo. El turismo es arena, aguas y tierras, encomiadas y vendidas a los que viven en países de fríos inviernos. Es materia bruta, aire y viento, climas benignos, sol y suaves alisios, paisajes, juego singular y único de materias, de colores, de olores y de sensaciones, es invitación al placer y a lo imaginario. Es prolongación moderna de las especias, extensión sin límites de las mesas y de los cafés donde los europeos de los siglos pasados los saboreaban y que están ahora a un día de vuelo. Son países, poblaciones, ambientes cuyos méritos son encumbrados. Es una alteridad con visos de familiaridad, un fragmento común de historia y de destino, una invitación al viaje.

La revolución de los transportes ha puesto al alcance de la mano muchos lugares del mundo. El planeta ha encogido, pero el Caribe, no ha perdido su condición de «lugar lejano tan cercano» de los tiempos de los veleros. Las tres semanas se han convertido en ocho horas. Desde los carteles del metro parisino, londinense o neoyorquino, no se tarda nunca más de unas cuantas horas hasta cualquier punto del Caribe, Cuba inclusive, que no se podía alcanzar hace veinte años, sino al cabo de un viaje de veinte horas y una escala en Checoslovaquia. Cualquier otro destino tropical, Seychelles, Maldivas, islas del Pacífico, es un lugar remoto para el europeo o el americano.

El placer, el exotismo reservado a una minoría, el lujo, son otras características constantes de los recursos del Caribe. Desde el principio, estuvieron estrechamente supeditados a la demanda procedente de los mercados europeos y luego americanos y atañen tanto al turismo como a las especias. Se entrelazan en las evocaciones y se influyen mutuamente en el imaginario de las poblaciones. Esto se entiende fácilmente, visto desde las grandes urbes donde los inviernos son poco amenos. El placer y el exotismo siguen iguales, pero la escasez y el lujo han ido disminuyendo. Reservados al principio a unos cuantos privilegiados, los productos exóticos se han convertido poco a poco en productos de consumo corrientes. Pasó lo mismo para los viajes y los destinos exóticos. La revolución de los transportes, la baja de los costes, la reducción del los tiempos de viaje, el alza del nivel de vida en los países industrializados, el aumento del tiempo dedicado al ocio en estas mismas sociedades, han puesto al Caribe al alcance material y financiero de miles de europeos y de norteamericanos. El turismo y la producción cultural son muy importantes para los habitantes del Caribe. Muestran que ha subido el nivel de vida y que la clase media se ha desarrollado. La practica turística en otras islas y con otras sociedades isleñas fomenta el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad. Los medios de comunicación emiten reportajes, se publican revistas, se desarrolla el conocimiento mutuo y la familiaridad con las otras islas del archipiélago. Turismo y producción cultural son los recursos más recientes aprovechados en los distintos países del Caribe.

Han sustituido a otros recursos entre los cuales predominaban las producciones agrícolas, y van dejando a su vez su indeleble impronta en las islas del archipiélago y en las costas del Mediterráneo Caribe. La edad del azúcar fundó el Caribe insular, instituyó a las poblaciones que trajo ahí, fundó las relaciones sociales complejas que introdujo, y las que instauró con el mundo. Todas las producciones agrícolas contemporáneas o posteriores se hicieron en el ámbito clásico de una producción agrícola destinada a un mercado lejano y en un entorno económico, social e ideológico heredero de dicha edad. El café, la nuez moscada y en mayor medida el plátano, forman parte de estas materias primas agrícolas con buena o mala aceptación en los mercados importantes, según las épocas. La bonanza de los años 1950-1960 y las modalidades del desarrollo vigentes en aquellos tiempos, influyeron positivamente en la aparición de nuevos recursos: el petróleo en Trinidad-Tobago, en México y sobre todo en Venezuela. Este último país sacó pingües beneficios del petróleo, cambió de rumbo y participó en la creación de la OPEP. El Caribe, incluyendo el litoral americano, supone el 15% de la producción mundial de petróleo. La bauxita, muy valorada desde que se inventara el aluminio, ha convertido a Jamaica en el tercer productor mundial y le ha brindado unas oportunidades de desarrollo que el café no podía darle. Con estos recursos, México y Venezuela han obtenido nuevos ingresos. Se ha modificado su situación interna y su postura regional, o internacional en el caso de Venezuela, pero nada ha cambiado para la cuenca del Caribe en su conjunto. En la mayor parte de las islas del archipiélago los recursos agrícolas siguen siendo lo primero y el turismo se está desarrollando, al tiempo que se incrementa su participación en la economía.

Esta evolución paralela es acorde con una compartimentación muy marcada y con el mosaico Caribe. La realidad de la cuenca se plasma constantemente en esta forma de complejidad: rasgos comunes y compartimentación. Sin ser su marca de fábrica ni su exclusividad, la coexistencia de los contrarios se manifiesta de forma exacerbada en esta región del mundo. La complejidad es sin duda alguna la única manera posible de entenderla sin rebajarla. La yuxtaposición y la compartimentación, espacial, histórica y política, inducen situaciones de «nicho» a escala mundial o a escala del Caribe. Las situaciones de nichos económicos no se limitan a las vistosas economías offshore o a la economía sumergida. En la cuenca del Caribe, los nichos que se han creado aprovechan de forma simultánea la compartimentación y las relaciones privilegiadas. El turismo, que concierne casi todo el Caribe, se desarrolla según pautas diferentes. Ciertos estados o ciertas islas se posicionan en segmentos de mercado específicos: turismo de lujo o de masas, procesamiento de datos a distancia en Jamaica o Barbados, formación a distancia en Puerto Rico o Barbados, proyecto de polo científico en Puerto Rico, etc. En el momento en que se diversificaban y se desarrollaban los recursos económicos, en el momento en que las entidades del Caribe se afirmaban políticamente y se incrementaban sus poblaciones, en que la formación se alargaba en los países industrializados y la educación universitaria se convertía en un modelo a imitar, se iba desarrollando la educación universitaria en todo el Caribe. Esta realidad, habrá que tenerla en cuenta, cualesquiera que sean las orientaciones futuras; porque constituye uno de los fenómenos emergentes del Caribe.

A principios del siglo XXI, uno de los aspectos fundamentales de la evolución económica y social en el mundo es la participación cada vez más importante de lo inmaterial en general, en el valor que se atribuye a las actividades humanas y el lugar ocupado por el paradigma técnico-económico que se va imponiendo con la introducción de las tecnologías de la información y comunicación. El Caribe se encuentra ahora en un momento particular de la historia mundial, en el que ha de buscar una nueva definición de su postura: ¿encrucijada entre los continentes, entre distintas prácticas, descubridora de nuevos recursos o vestigio de las viejas rutas comerciales obsoletas, zona marginada que no tiene sitio en las nuevas configuraciones?

Las tecnologías de la información y de la comunicación modifican el reparto y la ubicación de las actividades. Conectan de forma permanente e inmediata, a través de las redes numéricas, los centros de la finanza, de la industria y de la información y de la economía contemporánea. En esto radican su novedad y su principal alcance. Le quitan además importancia al obstáculo de la distancia y son una oportunidad para todas las zonas alejadas de los mercados importantes y de los grandes centros de la economía mundial. Esto se traduce actualmente en la realización a distancia de tareas con escaso valor añadido (introducción de datos, contabilidad), que son una de las formas conocidas de la deslocalización de las actividades hacia países con mano de obra barata. Este reparto, no aprovecha las oportunidades que le ofrecen las nuevas técnicas, contrariamente a lo que implicaría cierta lógica técnico-económica. Por el contrario, se da actualmente una mayor concentración alrededor de los grandes centros de servicios y de competencias.

La lógica principal de los llaman un medio propiciador (que propicia la creación y la eficiencia), viene guiada por la proximidad de los mercados, de los centros metropolitanos, de la formación universitaria, de la investigación y del desarrollo. Desde este punto de vista, el Caribe no las tiene todas consigo, ni mucho menos, pero puede descubrir nuevos nichos, desarrollar las tecnologías numéricas y salir adelante.

Entre las bazas de un futuro desarrollo económico, el Caribe puede valerse de las de antes que siguen válidas: la de «lugar lejano y tan cercano» de los grandes centros económicos occidentales, la de un entorno y de un medio ambiente llenos de encanto, pero que hay que preservar a toda costa. El Caribe podría también, apoyándose en la formación secundaria y universitaria, implementar producciones en serie, en cantidades limitadas pero con un fuerte valor añadido. Lo mismo para las producciones agrícolas. Se podrían soslayar así las situaciones de competencia en las cuales las cantidades y las superficies reducidas perjudican al Caribe en el mercado mundial, que es lo que pasa con el plátano. Posicionándose sobre segmentos de mercado pujantes, podría reinventar la lógica de las especias: producir cantidades reducidas pero muy codiciadas, con una imagen positiva y un valor altísimo. Se utiliza ya otro nicho con mucho futuro, que es el de puerta de entrada avanzada de las grandes entidades económicas y políticas. No sería sino una evolución de la historia política de la región, de sus vínculos con las antiguas metrópolis, una nueva formulación de los convenios económicos actualmente vigentes. «Región lejana extrema», según el sorprendente vocablo acuñado en Bruselas, ACP (África, Caribe y Pacífico), lograr aranceles particulares en el mercado americano y el Mercosur, serían otros tantos dispositivos heredados de una historia pasada y unas valiosas herramientas para identificar los segmentos más dinámicos, nuevas bases para el desarrollo. Un desarrollo que se situaría en el punto de convergencia de dos ejes: el nuevo paradigma técnico-económico, –marcado por lo inmaterial y el funcionamiento de las redes numéricas–, y la constitución de grandes bloques económicos supranacionales. Esta situación original de puerta de acceso a otros mundos haría del Caribe una encrucijada, a nivel regional, y por lo tanto secundario, eso sí, pero que la sacaría de su postura de punto ciego en la relaciones internacionales.

El incremento del papel de lo inmaterial en el mundo actual, puede facilitar la integración del mosaico Caribe en el concierto de las naciones. El recurso de la producción cultural puede seguir desarrollándose y ser usado como puente entre los centros económicos mundiales y su vecino más lejano y más cercano a la vez. Se conseguiría así la construcción de las identidades a través de las diferencias, a la par que una criollización y a una hibridación de mayor relevancia. Es una de las vías abiertas al Caribe, es uno de sus elementos constitutivos más positivos. La transición entre dos recursos potenciales y su posterior coexistencia, podría llevar a un desarrollo local, relacionado con el ancho mundo. El recurso más reciente, el de lo inmaterial, podría modificar la lógica de desarrollo hacia afuera, heredada del antiguo régimen de la exclusividad. Sin ser la única, constituye una de las posibles vías a seguir y una de las más fecundas. Las lógicas de marginación y de aislamiento existen también y todavía pueden prevalecer. Se debilitaría entonces el recurso cultural, el Caribe perdería su visibilidad y se alejaría de los intercambios de toda índole. Abrirse camino entre tantos posibles no puede ser de la incumbencia de una fuerza aislada, ni tan sólo foránea, ni tampoco regional; sólo podrá proceder de opciones conscientes de las sociedades contemporáneas, de voluntades locales estrechamente intrincadas y de las orientaciones determinantes del ancho mundo.

Autor(a) : Pascal Buleon

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