MOVILIDADES Y MIGRACIONES
 
La colonizacion: una huella matricial imborrable

 

La llegada de los europeos en el Caribe fue un acontecimiento de mayor importancia tanto para aquella región como para la historia global del mundo. Dos grandes sistemas coloniales pueden resumir su singularidad. El más antiguo y extenso fue el sistema colonial español que se implantó con rapidez a raíz de los viajes de Cristóbal Colón, ya a principios del siglo XVI. Luego, se extendió por toda la cuenca. De hecho, los españoles ocuparon las Grandes Antillas (Cuba, Hispaniola, Puerto Rico, Jamaica) que constituyeron los primeros jalones de un imperio que englobaba el istmo meso americano y la parte andina de América del sur.

El segundo sistema se impuso en las Pequeñas Antillas, Jamaica, el oeste de Hispaniola y en las Guyanas a partir del siglo XVII bajo el dominio de las otras potencias europeas: Francia, Inglaterra y los recién Países Bajos. El mercantilismo esclavista basado en la plantación azucarera convirtieron aquellas "islas del azúcar" en una periferia colonial transatlántica muy lucrativa para una Europa dominada, durante el siglo XVIII, por los conflictos Anglo-Franceses.

En el proyecto colonial español predominó la minería

Un sistema más depredador que productor

El objetivo de los conquistadores españoles era apoderarse de las riquezas de los países conquistados. Aquellas riquezas venían del saqueo de las poblaciones amerindias vencidas, y más tarde de los metales preciosos extraídos de las minas locales abiertas gracias al trabajo forzado de la mano de obra indígena y luego de la mano de obra importada.

La distribución de las poblaciones y tierras entre los conquistadores impuso una casi esclavitud, o por lo menos una terrible servidumbre, a los Amerindios obligados a hacer trabajos forzosos. El contacto entre los dos mundos fue brutal, sangriento y llegó a lo que numerosos autores han llamado el genocidio de los Amerindios, en la Tierra Firme como en las Grandes Antillas. Varios millones de seres humanos desaparecieron en algunos pocos decenios a causa de las guerras, del maltrato y de las enfermedades nuevas transmitidas por los recién llegados.

La noción de movilidad resultó alterada. Ya vencido el Atlántico por los navegadores europeos, al espacio ocupado por el Viejo Mundo se agregaba una extensión notable, un Nuevo Mundo llamado América según sus propios términos. La cuenca del Caribe era el corazón marítimo, cerrado al oeste por el largo pedúnculo de las tierras del istmo y abierto al este sobre un arco de islas que iban disminuyendo de tamaño del norte al sur.

Poco numerosos pero decididos y sin ningún escrúpulo, los españoles establecieron una rápida dominación sobre la casi totalidad de las poblaciones locales, valiéndose de útiles logísticas que desconocían los indígenas.

El primer artefacto era la carabela que permitió cruzar el Atlántico. Aquel barco de alta mar de algunos centenares de toneladas de cabida, reunía las cualidades de la coca báltica de velas cuadradas y las del aparejo con velas triangulares de los barcos del mediterráneo. Al uso empíricamente mejorado de la función fundamental de los alisios en el cruce del Atlántico, se añadió la utilización de mejores cartas marinas y mejores instrumentos de navegación.1

Aquel barco se convirtió en el elemento logístico más importante de la colonización europea en América. A partir de aquel entonces, orientó la polaridad de Mesoamérica que era longitudinal, hacia un eje vital este/oeste que unía la metrópoli a sus colonias.

El sistema que establecieron los españoles era centralizado, monopolístico y rígido, al igual que la monarquía española convertida en imperio por Carlos Quinto. La Casa de Contrataciónen Sevilla centralizaba todos les intercambios entre España y sus nuevas colonias, y no se realizaban sino bajo el pabellón español. Los demás colonizadores europeos imitaron más tarde la práctica de aquel monopolio marítimo que daba a la flota una importancia vital en la perennidad de los vínculos transatlánticos y, sobretodo, en la recaudación por la metrópoli de los beneficios de aquel mercantilismo basado en una conexión logística marítima larga, costosa y aleatoria.

Suponía la posesión de una robusta flota de alta mar capaz de transportar los frutos de la colonización, satisfacer los menesteres de los colonos de allende el Atlántico y defender la totalidad contra los enemigos. Proteger los valiosos galeones cargados de los metales preciosos extraídos de las minas, significaba también prever puertos fortificados respaldados por guarniciones. Aquellos puertos eran centros logísticos vitales en la larga cadena que iba de la mina al tesoro imperial. Los metales preciosos, debidamente sellados por la administración colonial, representaba la potencia económica para quién los poseía en un mundo occidental cuya moneda era ante todo metálica.

Los españoles imaginaron proteger sus naves mediante la organización de convoyes escoltados por buques de guerra.2 La geografía de aquella organización es conocida. Convergían en La Habana los diferentes barcos que llevaban las riquezas de las colonias. Llegaban de Santo Domingo (Hispaniola), de Cartagena (en la Tierra Firme), de Portobelo tras haber atravesado el istmo de Panamá (con las riquezas del Perú). Acapulco en la costa del Pacífico recibía los galeones de las Filipinas, cuyo cargamento transitaba por México antes de ser cargado en Veracruz. Desde La Habana, el convoy penetraba en el peligroso estrecho de Florida antes de iniciar la travesía del Atlántico con la ayuda de la Corriente del Golfo.

Los conquistadores españoles introdujeron el caballo y la mula, dos animales que transformaron la movilidad terrestre en una región donde, hasta entonces, ignoraban la rueda y la bestia de carga. A partir de entonces, el caballo vino a ser tanto el fiel corcel del guerrero como el vehículo del dueño blanco. Aquel animal iba a generar una verdadera civilización basada en su potencia y su libertad de movimientos. Permitió la cría de ganados vacunos y ovinos, también importados, que formaban la base de la alimentación a base de carne de los colonizadores. Al primordial objetivo minero de los españoles se añadía la repartición de las tierras, explotadas de manera muy extensiva, sobre todo como pastizales. Se crearon ciudades en un sistema colonial que copiaba la jerarquía feudal de la metrópoli ibérica y se apoyaba en la explotación sin piedad de los indígenas mediante el trabajo forzado, lo que iba, sin parar, en contra de sus costumbres e idiomas.

La mula era una excelente bestia de tiro y sobre todo de albarda que se adaptaba a todos los terrenos y a todos los cambios climáticos. Vino a ser el instrumento ideal de la conquista para los europeos. A lomo de mulas viajaban los cargamentos de metales preciosos, y también de especias, a través del istmo de Panamá o de Acapulco hasta Vera Cruz después de un tránsito por México. Uncida, la mula era capaz de tirar de carros y carretas. Pero eran escasas las carreteras coloniales y el "Camino Real" de México al istmo no siempre estaba apta para la circulación de vehículos.

Los indígenas, por ser vencidos, pasaban de una sociedad muy jerarquizada a un orden colonial casi carcelario que les clavaba en sus comunidades o les ataba al trabajo de la mina. Sus pocos desplazamientos, siempre a pie y según las voluntades de los dueños, no les llevaban muy lejos.

La ocupación del espacio colonial era incompleta, hasta aleatoria, porque el número de españoles era demasiado reducido como para controlar y explotar tan extensos territorios. Fundaron ciudades, ubicando las principales en los sitios de los mayores centros pre-coloniales (México y Tenochtitlán). Sin embargo, el sistema colonial necesitaba puertos tanto en la costa caribeña del continente (Veracruz, Portobelo, Cartagena, Maracaibo) como en la costa del Pacífico (Acapulco, Panamá). La mayor parte de la actividad minera tenía lugar en los altiplanos de Nueva España (Zacatecas). La ocupación española era claramente más escasa en la parte meridional del istmo. Los dos puertos de Panamá y Portobelo, vitales para el sistema de la flota, estaban ubicados en medio de extensas zonas selváticas. Igualmente, Nueva Granada aparecía como un archipiélago de puntos fuertes, muchas veces costeros, en manos de los nuevos dueños (Cartagena, Maracaibo, Santa Marta), excepto Bogotá y algunas aldeas en los valles andinos. Las extensas selvas del zócalo guyanés así como los llanos del futuro Venezuela no recibían sino las visitas de unos pocos exploradores.

La extensividad fue el carácter predominante de la explotación de las tierras en el Imperio español. A fines del siglo XVII y sobre todo durante el siglo XVIII, desarrollaron los cultivos de plantación (caña de azúcar, tabaco, cacao) en las llanuras continentales de la costa, con una mano de obra de negros esclavos (región de Veracruz, istmo de Tehuantepec, costa caribeña de Nueva Granada). Los productos de aquellos cultivos servían a los menesteres de los colonos, pero sobre todo se juntaban a los cargamentos de metales preciosos, especias y pieles que se expedían a España. De la metrópoli llegaban los productos indispensables a la vida de los colonos (madera, telas, harina, herramientas, armas) que además querían mantenerse a la altura de su categoría en el seno de una sociedad estructurada en una jerarquía feudal (tejidos de lujo, muebles, vinos y licores, cubiertos de plata, vajilla).

En aquel imperio no realmente controlado por los europeos, los nativos de los espacios forestales seguían tomando sus vías de agua, igual que los montañeses andinos que recorrían sus senderos centenarios. Sin embargo, su movilidad fluvial, costera o por la sierra se desarrollaba, a partir de entonces, en territorios militarizados por el dueño español.

La importancia estratégica de las Grandes Antillas en la logística colonial española

La colonización de las Grandes Antillas por los Españoles fue violenta y depredadora. El sistema del repartimientosustituido más tarde por el de la encomienda repartía entre los nuevos dueños tierras y hombres que debían realizar los trabajos, suministrar los víveres y si fuera posible el oro, en una organización que les convertía en simples objetos destinados al trabajo, verdaderos esclavos sin la denominación correspondiente. Cuando aquella esclavitud de los amerindios fue abolida a mediados del siglo XVI, los colonos la cambiaron por la de los africanos que proporcionaba el comercio de la trata. En algunos decenios la población de las Grandes Antillas fue diezmada. La explotación de las tierras fue sobre todo dedicada a una cría extensiva en estanciasde grandes superficies. Las tierras del interior no sufrían sino una ocupación escasa (Puerto Rico, Jamaica). Implantaron el cultivo de la caña de azúcar y del tabaco en Cuba e Hispaniola, pero siempre en superficies reducidas. Los españoles abandonaron con rapidez la parte occidental de Hispaniola, mientras que los ingleses pudieron apoderarse con bastante facilidad de Jamaica, poco ocupada, a mediados del siglo XVII.

Nunca pudieron los Españoles realmente dominar e implantarse en el arco de las Pequeñas Antillas. Sin duda carecían de riquezas de fácil acceso (oro y plata) pero sobre todo los Kalinas luchaban con más eficacia que las etnias amerindias de las grandes islas. Los contactos entre españoles y Kalinas no tenían únicamente un carácter bélico, los primeros hallaban en aquellas islas el refresco de agua y víveres, sin embargo durante el siglo XVI, no se trataba sino de escalas.

Primeros eslabones del futuro imperio español en América, las Grandes Antillas formaron las bases de la extensión de su conquista en el continente. Ya terminada la conquista, las islas se convirtieron en puntos claves marítimos del nuevo imperio. De hecho, aseguraban el control de las principales entradas y salidas de mercancías en la cuenca del Caribe. Cuba controlaba la parte sur del estrecho de Florida, y colabora con Hispaniola para el control del Paso de los Vientos (Windward Passage). Esta controlaba, más al este, el Canal de la Mona con la ayudad de Puerto Rico. Desde Trinidad se podía vigilar las costas de América del sur. De este modo, añadiendo su implantación en el istmo y en la Tierra Firme, España ejercía su control en la mayor parte del espacio marítimo del Caribe. Las ciudades capitales, que eran también puertos, de Cuba, Hispaniola y Puerto Rico eran tantas barbacanas avanzadas de la fortaleza colonial española. Hoy, la vastedad de sus fortificaciones les da su peculiaridad dentro del urbanismo caribeño.


1 La ciencia marítima colombiana atesoró los progresos hechos por los navegantes portugueses en sus viajes al rededor de África y los que resultaban de las navegaciones de los marinos de Europa septentrional en el Atlántico Norte.

2 Aquel sistema de convoyes, iniciado ya en 1543, fue reanudado durante las dos guerras mundiales por las flotas anglosajonas para protegerse de los submarinos alemanes.

Autor(a) : Jean-Pierre Chardon
Traducción :  : Alfred Regy

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